El cine de David Cronenberg, uno de los grandes realizadores canadienses contemporáneos, construyó desde sus comienzos una de las trayectorias más coherentes, personales y provocadoras de la cinematografía moderna. Desde Stereo (1969) y Crimes of the Future (pelicula que comparte títúlo con la homónima de 2022, también de Cronenberg, y con la que tiene algunos puntos de contacto en cuanto a lo argumental, aunque no es esta última una remake de la de 1970), sus primeras experiencias en el largometraje, hasta The Shrouds (2024), Cronenberg ha explorado con persistencia la frontera inestable entre el cuerpo, la mente y la tecnología. Aunque su nombre suele asociarse con el horror corporal, su obra excede ampliamente esa clasificación: detrás de las mutaciones, las enfermedades y las transformaciones físicas siempre aparecen la soledad, el deseo, la pérdida de identidad y la conciencia de la muerte.
La singularidad de su cine nace de una tensión entre la sobriedad de la forma y la intensidad de los temas. Cronenberg suele observar situaciones extraordinarias con una cámara contenida, precisa y poco inclinada al subrayado emocional. Esa distancia no elimina la conmoción; por el contrario, vuelve más perturbadoras las imágenes porque presenta lo monstruoso como parte de una realidad posible. La metamorfosis, la violencia, la enfermedad o la obsesión no irrumpen necesariamente como excepciones fantásticas, sino como prolongaciones inquietantes de la vida cotidiana.
En sus primeras películas, el director convirtió el cuerpo en un laboratorio de experimentación. En Shivers (1975), Rabid (1977) y The Brood (1979), las infecciones, las alteraciones biológicas y los vínculos familiares enfermos expresan temores sociales y psicológicos. Scanners (1981) llevó esa preocupación al terreno de las capacidades mentales y el control, mientras que Videodrome (1983) imaginó una relación cada vez más confusa entre los medios de comunicación, la percepción y la carne. En todos esos casos, la ciencia y la tecnología no aparecen como fuerzas neutrales: amplifican deseos, miedos y formas de dominación que ya estaban latentes en los seres humanos.
Con The Dead Zone (1983), Cronenberg se acercó a un relato más clásico y accesible sin abandonar sus obsesiones. La historia de Johnny Smith, un hombre que despierta después de años de coma con poderes de clarividencia, se convierte en una meditación sobre el destino, la responsabilidad y el sacrificio. Poco después, The Fly (1986) llevó su universo a una de sus cumbres. La transformación de Seth Brundle en una criatura híbrida es, al mismo tiempo, una tragedia sobre el orgullo científico, la enfermedad, el envejecimiento, la pérdida del amor y la disolución progresiva de la identidad.
Durante la década siguiente, Cronenberg desplazó parte de su interés desde la mutación visible hacia las zonas más ambiguas del deseo. Dead Ringers (1988), inspirada en la historia de dos hermanos ginecólogos, examinó la dependencia, la rivalidad y la fragmentación del yo. Naked Lunch (1991) convirtió la literatura de William S. Burroughs en un viaje alucinatorio sobre la escritura, las drogas y la imaginación, mientras que M. Butterfly (1993) abordó el deseo, el engaño y las identidades construidas. En Crash (1996), el accidente automovilístico y las cicatrices se transforman en signos de una sexualidad extrema, pero también de una dificultad profunda para establecer vínculos afectivos convencionales.
Con eXistenZ (1999), Cronenberg volvió a interrogar la relación entre tecnología y realidad mediante un mundo de videojuegos orgánicos, interfaces corporales y percepciones inestables. Más adelante, A History of Violence (2005) y Eastern Promises (2007) trasladaron sus inquietudes al terreno del thriller criminal. En la primera, un hombre aparentemente integrado a la vida familiar descubre que su pasado violento no puede ser borrado; en la segunda, la violencia de las organizaciones criminales revela la fragilidad moral de individuos y sociedades. La superficie realista de ambas películas no oculta la preocupación esencial del director: la identidad siempre puede contener una dimensión reprimida, peligrosa o desconocida.
En la etapa posterior, Cronenberg exploró con mayor énfasis la psicología, la cultura y las instituciones. A Dangerous Method (2011) representó las tensiones entre Freud, Jung y Sabina Spielrein; Cosmopolis (2012) convirtió el recorrido de un millonario por Nueva York en una parábola sobre el capitalismo y la abstracción financiera; y Maps to the Stars (2014) examinó la violencia, la frustración y la degradación moral detrás de la industria del entretenimiento. Aunque el cuerpo ya no siempre se transforma ante la cámara, permanece como centro de la experiencia: es el lugar donde se inscriben el poder, el trauma, el deseo y la enfermedad.
Después de un prolongado intervalo, Crimes of the Future (2022) significó un retorno explícito al horror corporal. En su futuro imaginario, los seres humanos desarrollan nuevos órganos y la cirugía se convierte en espectáculo, práctica artística y lenguaje político. La película no se limita a celebrar o condenar la evolución: pregunta quién decide qué debe considerarse normal, saludable o humano. El cuerpo aparece así como una obra en proceso, sometida a la intervención de la ciencia, la cultura y el poder.
Esa reflexión continúa en The Shrouds (2024), una obra atravesada por el duelo, la tecnología y la imposibilidad de aceptar la desaparición de un ser amado. Su protagonista crea un sistema que permite observar la descomposición de los cuerpos enterrados, como si la tecnología pudiera prolongar una relación que la muerte ha interrumpido. El resultado confirma la vigencia de Cronenberg: el horror ya no depende exclusivamente de una criatura o de una transformación monstruosa, sino de la necesidad humana de mirar, controlar y conservar aquello que inevitablemente se pierde.
La trayectoria de David Cronenberg mantiene, de este modo, una notable coherencia sin repetirse mecánicamente. Sus películas han pasado de las infecciones y las mutaciones visibles a las crisis de identidad, las instituciones sociales, la tecnología y el duelo, pero todas parecen surgir de una misma pregunta: ¿qué queda de nosotros cuando el cuerpo cambia, cuando la mente se divide o cuando la realidad deja de ser confiable? Cronenberg no ha sido únicamente un maestro del horror; ha utilizado el horror como instrumento para pensar la fragilidad humana, la violencia del deseo y la persistencia de la tragedia en un mundo – desde el poder del Estado y de las corporaciones- cada vez más intervenido por la tecnología.
D.C.
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